Lo que somos hoy, nuestra Civilización Occidental —el
flujo permanente de las multiples facetas de diversas fronteras
economicas y politicas, de etnias y lenguajes, y hasta de credos
religiosos— tiene, a decir verdad, raíces históricas
en la dispersión a los vientos del Imperio Troyano hace unos
tres mil años. Desde la Caída de Troya muchas coronas
han ido y venido, la decadencia anterior siempre repuesta por nuevos
estados mejorados, aunque no siempre exitosamente o por largo tiempo;
pero, inexorablemente, la Civilización Occidental ha tomado
la sustancia de su tejido social —su herencia espiritual—
de una única Tradición Troyana que eventualmente encontró
y caso con una Tradición Judeocristiana enteramente independiente.
Una característica
inseparable de nuestra Civilización Occidental, aquella,
precisamente, que le ha permitido evolucionar continuamente hacia
una humanidad
más sensible y noble, es
sinónimo de una
lucha
permanente entre dos entes opuestos,
que son el Estado todopoderoso y la legitimidad de la Ley. Ha
sido la experiencia del ser ordinario con la propiedad (la
tenencia de las cosas) conferidos por la Ley (aquí, la
palabra clave es proprium, el sentido inalienable de "yo" en
todo humano) que ha enriquezido nuestra Civilización Occidental,
material y espiritualmente.